EL REY QUE MURIÓ POR UNA HORMIGA. QUINTA PARTE.

El rey que murió por una hormiga. Quinta parte.

André había elegido la ruta menos transitada, evitando las patrullas y aquellas en las que se concentraban grupos de soldados, muchos de ellos ya medio borrachos a esa hora de la noche y tras dos días de juerga continua. Se aproximaron a la plaza en la que se encontraba la mayor taberna de la ciudad. Al llegar al final de la calle, estrecha y sinuosa, el guía interpuso un brazo ante el pecho del monarca para indicarle que esperase oculto hasta que él reconociera el terreno. Era una rutina que al rey le fastidiaba, aunque sabía que era necesaria.

Las miradas de la decena de soldados que se apostaban con caras de pocos amigos delante de la taberna se centraron en el encapuchado que se acercaba con paso firme. La misión del cuerpo de guardia era, principalmente, disuasoria. Tenía la orden de intervenir sólo cuando la situación se volvía peligrosa, normalmente por la mala bebida que tenían algunos soldados y que les llevaba a enzarzarse en grescas de borracho. André avanzó directo hacia la entrada. Uno de los guardias hizo ademán de interponerse en su trayectoria para exigirle que se descubriera el rostro, pero el oficial al mando le agarró del brazo mientras le susurraba:

–¡Loco! ¿Es que no lo has reconocido? Déjale pasar…

Con la mirada al frente, cruzó entre el grupo armado sin aminorar el paso.
Una música alegre se dejaba oír a través de la puerta cerrada. Entró en la taberna. La música, mezclada con una algarabía creada por lo que parecía un pequeño ejército, le envolvió de inmediato, junto con un aire cálido y viciado. El tufo de olores corporales varios se mezclaba con el de especias fuertes. Reconoció otros aromas: los de la carne del cerdo que estaba siendo asado en la enorme chimenea y los de la cerveza y el vino barato, entre otras.

La gran sala de madera y piedra contenía media docena de mesas alargadas de recias patas de madera y algunas más que habían sido improvisadas utilizando barriles vacíos y una tabla clavada encima. En todas ellas había velones encendidos que las iluminaban; también servían a este propósito lámparas de techo hechas con ruedas de carruaje que, suspendidas con una larga cadena y a poca distancia de cada mesa, portaban una docena de velas cada una. Aún así, la sala de altos techos y gruesos muros de piedra no quedaba enteramente iluminada. Todas las mesas se hallaban atestadas de soldados que sostenían enormes jarras de cerveza de barro cocido o copas de madera llenas con distintos caldos de uva. Apiñados, algunos se inclinaban sobre sus platos con carne humeante. Un enorme soldado pedía más comida, amenazando con destrozar el local si no era atendido con presteza. En el suelo, junto a algunas mesas, había restos de comida que parecían haber sido devorados por alimañas más que por seres humanos.

El ruido era ensordecedor: la música, tocada por un trío de flauta, tambor y laúd, pugnaba desde el fondo de la sala por hacerse oír sobre los que golpeaban su jarra contra la mesa pidiendo más bebida o comida mientras otros lanzaban risotadas al escuchar las hazañas inverosímiles que relataba a gritos algún compañero de armas. En un rincón, un hombre yacía en el suelo totalmente ebrio, mientras otros, a su lado, cantaban a pleno pulmón canciones soeces que hablaban, principalmente, de lo que hacían al enemigo y a las mujeres.

En ese momento, el juglar interrumpió la narración y se puso a tocar la flauta con una mano mientras golpeaba un pandero contra su cadera. Al momento, cambió al laúd y tañó varios compases alegres.

–Sí, lo habéis adivinado. Yo era un jovencísimo músico que tocaba el laúd en ese trío. Testigo fui de lo que aconteció. Mas adelante, investigando, pude enterarme de todos los detalles que ahora os estoy desgranando. Y aunque me fue prohibido, bajo pena capital, revelar el nombre del rey o cualquier dato que sirviera para averiguar en qué reino ocurrió, es ahora que os la puedo contar, no sin cierto riesgo para mi vida. Continúo sin dilación, pues ya está cerca el final de esta historia.

El tabernero controlaba con tensa precisión al grupo de sirvientes desde detrás de la barra. Estos se afanaban en atender con la máxima rapidez para mantener razonablemente contenta a la clientela. Habían sido bien instruidos y exigían siempre a la soldadesca el pago por adelantado para evitar quedarse sin cobrar por los más que frecuentes casos de embriaguez.

El encapuchado se acercó a la barra y, sin quitarse la capucha, depositó una moneda a la vez que señalaba el barril de cerveza. Le sirvieron una jarra rebosante de líquido tibio. Algunas miradas curiosas se centraron en él. Bebió un largo trago mientras, una vez más, jugaba su particular partida de ajedrez: protegía al rey de los peligros, preparando distintas estrategias para posibles escenarios. Una escalera, situada cerca de donde tocaban los músicos, era el acceso por el que iban subiendo soldados medio borrachos en busca de las que habrían de satisfacer sus necesidades carnales por un precio para luego bajar borrachos de placer y con la bolsa aligerada. Después de un momento, evaluada la situación, se terminó la jarra y salió con la misma seguridad que había entrado.

El rey le pasó su capa con capucha a André. La apariencia física que todos conocían de él había sido transformada por completo. Se había recluido en su tienda tiempo atrás para que nadie pudiera apreciar su cambio de aspecto. No sólo la ropa de soldado le servía a este propósito: se había dejado crecer una barba rala y su cabello, normalmente recogido en un moño, caía ahora lacio sobre los hombros. No quedaba nada de su color rubio original. Tanto la melena como la barba y las cejas habían sido teñidas usando unos aceites que había descubierto en Damasco y que le daban un aspecto graso y un color oscuro. Completaba su camuflaje con una actuación que había ido perfeccionando en cada escapada y que se ajustaba con naturalidad al personaje. Incluso su nombre cambiaba: ahora se llamaba Zenón. Estaba a punto de disfrutar de otra fantasía en la que sus obligaciones reales no existían, una en la que podía hacer lo que le placiera, pues no habría de rendir ante poder humano o divino. Una cita a la que ya no podía renunciar cada cierto tiempo porque, aunque no lo quisiera reconocer, cada vez la esperaba con más ansia para dejarse llevar por el desenfreno absoluto. Miró a su protector y, con un cabeceo de éste, supo que le guardaría las espaldas en la oscuridad, fiel y vigilante. Dando un manotazo en el recio hombro de su sirviente y sin disimular el entusiasmo que le poseía por momentos,  avanzó hacia la entrada del local, sintiéndose otro, siendo otro.

Fin de la quinta parte.

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